sábado, 23 de agosto de 2014

Capítulo 1 La llegada

Capítulo 1 La llegada
La joven Katherine caminaba por el ajetreado Londres sumida en sus pensamientos, no se fijaba en la cantidad de personas que transitaban por allí e ignoraba a las personas que tenían abarrotado el centro de la ciudad, haciendo casi imposible transitar por él. "Vaya Mierda", pensaba. No había tenido en ningún momento la intención de volver a Londres, pero las cosas se habían complicado en casa de sus padres tras su muerte y tuvo que regresar.
"¡Maldito sea ese imbécil de Iván! No podía estarse quieto... ¡No, claro que no! Tenía que venir y liarla parda, obligándome a volver y a dejar mi querida California". – Se decía a sí misma.
Había quedado esa tarde para tomar un café y distraerse, antes de hacer acto de presencia en la casa de su regia  abuela, anunciando por fin su llegada a Londres. No tardó en alcanzar la cafetería donde sus amigos de toda la vida la estaban esperando,     –aquellos a los que tuvo que dejar cuando se mudó a California un par de años atrás– con sus tazas de café en mano y una auténtica sonrisa en los labios, felices por aquél esperado encuentro.
– ¡Hola Katherine! – exclamaron casi todos a la vez.
– Me alegro de veros – confesó ella, mientras que con manos nerviosas se colocaba su rubia melena tras las orejas para despejar su rostro.
– Cuenta, cuenta – comenzó a decirle la que fue en su día su mejor amiga Isabel, tras estrecharla entre sus brazos y darle un par de sonoros besos en ambas mejillas.
Una vez ya acomodada en una de las sillas libres que había alrededor de la mesa donde estaban reunidos sus cuatro acompañantes, Isabel volvió a preguntarle.
– ¿Qué es de tu vida? ¿Cómo te ha ido hasta hoy en California?
Cuando iba a responderle, Carlos, que era y seguía siendo el mejor amigo de su hermanastro Iván, dijo antes de que ella hablase:
– Eso, cuéntanos qué tal te va todo -le dedicó una sonrisa que se extendía por todo su rostro, mientras se amasaba el corto cabello cobrizo.
Después de pasar un par de horas entretenida con sus amigos, era la hora de coger su pequeña maleta de nuevo y volver a emprender el viaje hacia la casa de su abuela y enfrentarse de lleno a los problemas que la habían hecho volver. No sabía lo que iba a encontrar, pero ya no podía seguir retrasando su llegada a casa, había caído la noche y no tenía ganas de que le recriminaran por andar sola de noche por Londres.
– Ya estoy en casa abuela. –dijo 15 minutos después de haber dejado a sus amigos y abriendo la puerta de la casa.
– Ya era hora ¿no? O mejor dicho no te volverás a ir ¿verdad?
– Abuela, por favor. Al menos esperaba un “buenas noches, me alegro de tenerte de vuelta”.
– Ni lo pienses jovencita. Si no hubiese sido porque Iván fue a California a por ti, no habrías vuelto. Dijo la abuela algo enfadada.
– Eso no es así abuela, necesitaba tiempo para mí.
– Eso es lo que decís todos los jóvenes, antes de huir de vuestras responsabilidades o de algún problema.
– Me voy a mi dormitorio abuela –. Resopló impotente. –Seguimos  hablando mañana cuando estés más tranquila –. Dijo sin ganas de discutir.
Se encaminó hacia su cuarto. La mansión de estilo victoriano se había quedado muy grande para su abuela desde la muerte de sus padres. Todo parecía muy triste y silencioso. Los recuerdos de días mejores aparecían en su mente, unidos al dolor por la pérdida de sus padres. Primero perdió a su padre hace siete años, y luego a su madre junto con su padrastro hace tres años. Ella y su hermanastro no compartían nada en común, nada más que la casa y los negocios de heredados de sus padres. Ella sola se ocupaba de la empresa internacional de su padre y compartía la dirección de la empresa de su madre y padrastro con el imbécil de Iván, su hermanastro.
Suspiró al llegar a su cuarto, dejó la maleta a un lado, se quitó los zapatos y la chaqueta, pero no se molestó en ponerse el pijama antes de tumbarse en su cama y volver a sumergirse en sus pensamientos. "Ese maldito de Iván, ¿por qué ha tenido que traerla de vuelta? para solucionar ciertos problemas familiares, de la empresa y la herencia. ¡Maldito seas, Iván!".
Después de lo mal que acabaron tras la muerte de sus padres no le apetecía verlo en absoluto, ella ha sido muy feliz estos años en Estados Unidos, en relativa tranquilidad y no haciendo eco de su vida pública.  Minutos más tarde, levantó la cabeza de la almohada. 
¡Pero bueno! ¿Qué creía que estaba haciendo? Poniéndose triste por cosas que habían sucedido hace años y por un chico, nada menos. Y la abuela poniéndose de parte de Iván, para colmo.  Al final, siempre  era ella la hija inconsciente, la distraída, la que siempre necesitaba un “pequeño empujón” para hacer frente a las cosas. Lo peor era que no se trataban de comentarios aislados.
Tenía vagos recuerdos de cuando era adolescente, en las pocas ocasiones en las que se dejó ver en los actos sociales, hablaban sobre ella en las revistas, siempre pensando que tenía la cabeza hueca;  pero no sabían que ella dirigía directamente la empresa de Nueva York, así como la sucursal en California que pertenecían a su padre. “Pero claro. Eso no vende revistas". Se decía a ella misma con ironía. Debió haber llamado a Charlie nada más llegar, pensó. Después de todo él era el responsable de la empresa de Londres , su mano derecha y la boca floja que le fue con el chisme a Iván en primer lugar. En sus años de ausencia jamás la molestó, sólo para cuestiones muy puntuales y la llamaba de vez en cuando para preguntar si no le faltaba nada y si estaba bien. Había sido un buen amigo de sus padres mientras vivían y un tío para ella mientras crecía. Se suponía que él iba a encargarse de todo, pero como le dijo por teléfono: "a veces los inversionistas quieren ver los rostros de las empresas". Como si eso fuera garantía suficiente de que no desperdiciarían su dinero.
Necesitaba despejar su mente o se volvería loca. Tomó el celular en su bolso y buscó entre los contactos. Nathaniel era el número 13, en lo absoluto intencional aunque, vaya uno a saber.  Su voz cantarina atendió al poco rato.
– ¿Diga?
–Llegué. –Dijo, acostándose en la cama–, la abuela te manda saludos y ando en modo emo.
– ¿Y eso cielo?
–No lo sé. Ideas mías. Mañana sí tengo que ponerme en contacto con la empresa. ¿Y mencioné que yo estaba perfectamente bien en Estados Unidos?
–Como unas treinta veces, querida. –Se oyó un sonido de carraspeo, como si pasaran una alfombra por el teléfono.- No hace falta que me agradezcas por ayudarte a mantener a flote el negocio, tu voz conmovida es suficiente recompensa para mí.- Dijo con sarcasmo.
–¡Cállate imbécil! –dijo sonriente. Él la obligaba a reaccionar en su conversación, como si no hubieran pasado dos años desde la última vez que se vieran. Como si todavía estuvieran en la secundaria, sentados juntos.
–Basta, vas a hacer que me sonroje. –Se rió. – Oye, Mike y yo iremos esta noche a una fiesta. – Volvió a poner esa voz cantarina y divertida. – ¿Qué dices si vamos a buscarte?
Mike. Claro, eso sí que había cambiado. Nataniel no salió del armario hasta su primer año de universidad. Y no es que ella hubiera planeado un futuro donde ellos se daban cuenta de que su amistad encerraba sentimientos más profundos, aunque habían tenido algo muy parecido a una relación de amigos con derecho, nunca paso a más y a ella pretendientes nunca le faltaron; pero aun así fue una total sorpresa cuando su amigo apareció en el baile de graduación de mano de un chico y bailó la primera canción abrazándole. Y una absoluta vergüenza cuando descubrió que ella fue la única sorprendida. “Cassie, creí que lo sabías...”.
Desde entonces muchas cosas cambiaron. Su propia idea de los gays, como las típicas locas de la televisión, sufrió un colapso completo. Si Nataniel le hablaba así ahora era porque lo sabía y le encantaba hacerle recordar cuán equivocada estaba. Mike era un nombre que ella no conocía en persona, sólo lo había visto en fotos, aunque ya llevaban dos años de relación, aún se le hacía difícil entender que con quien compartía casa su mejor amigo no era otro que aquel hombre cerca de sus treinta, duro, tatuado y empleado de una tienda de música.
Eran las 12:30 AM según su reloj e hizo un gesto de desagrado, no le apetecía mucho la idea.
– No creo que quiera ir a una fiesta que empieza a medianoche.
–Nadie ha dicho que empiece a medianoche, es sólo la hora en la que vamos. ¿No has oído hablar de un elegante retraso?
–De todos modos no tengo ánimo de fiesta.
–No seas así, cariño. Ven e inténtalo. Si de verdad es un tedio total podemos quedarnos aquí, viendo televisión y bebiéndonos el vino. – Prosiguió animadamente para convencerla. – Tienes que ver las modificaciones que hemos hecho en el departamento desde la última vez.
–No lo sé.
–Muy bien, te voy a decir cómo es la cosa –Nathaniel volvió a su voz normal–. Llegas a tu ciudad después de dos años fuera, es fin de semana y aun así mañana tienes que tomar las riendas de la empresa familia, – resopló.– Al menos si vienes  conmigo te servirá de distracción, porque te vas a pasar la mañana hablando con elegantes hombres de negocios. Vamos ¡un coñazo! Dime tú ¿qué suena mejor a tus oídos?
Nathaniel había estudiado para ser abogado y resultó uno bastante bueno. Por eso pertenecía al gabinete de abogados de la empresa.
–De acuerdo, pero no prometo quedarme mucho.
– Con que aceptes venirte con nosotros a la fiesta, nos alegras la noche, cariño.
– No sé cómo lo haces pero siempre acabas convenciéndome.
– No sé. En 15 minutos estamos en la puerta de tu casa.
– Vale, entonces ahora nos vemos.
Una vez le colgó a Nataniel, se levantó de la cama, se puso unas botas de tacón sobre los vaqueros y la chaqueta que se había quitado hace un rato para dirigirse hacia la puerta de la casa a esperar que llegaran a por ella.Era una noche estrellada, el cielo estaba despejado de nubes. Nataniel fue tan puntual como había prometido.

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Lydia

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